Beatriz González y William Kentridge o Del fin del Apartheid al Proceso
de paz.
-Snyder Moreno Martín
El recorrer las calles de Johannesburgo en
Sudáfrica me produjo la sensación de sentirme como en casa ¿Qué pueden tener en común dos países separados por
más de 12000 km, con idiomas y culturas tan diferentes?
Sentí un extraño clima que constantemente me
recordaba a Colombia, y no me refiero a la temperatura –pues allí hay estaciones-.
Me refiero a una tensión social que solo es experimentada a través del cuerpo y
se siente de manera particular al caminar por ciertas ciudades.
Con la presidencia de Mandela en 1994, se
inició oficialmente la era post-apartheid en Sudáfrica, proceso que aún se
encuentra vigente debido a las profundas heridas que dejó en su población.
Paralelamente, al otro lado del océano atlántico, Colombia inicia el proceso de
implementación de los acuerdos de paz, el cual, pareciera ir en contravía de
una sociedad que se resiste a abandonar el conflicto armado. En resumen, ambas
sociedades están marcadas por escabrosos regímenes de aniquilación del otro que
duraron aproximadamente medio siglo.
La sofisticación con la que se estableció la
segregación de la población negra en Sudáfrica, aislándola en la periferia de
las ciudades e impidiendo su acceso a lugares públicos; recuerdan a los
mecanismos con los que se desplazaban pueblos enteros en Colombia, y la
subsecuente pobreza generada en los perímetros urbanos.
La minuciosidad con la que se redactaron leyes
para excluir y criminalizar a parte de la población, hasta tal punto, que se
penalizaron asuntos de la vida privada, como el matrimonio entre personas de
diferentes razas; resuena en la manera en que el aparato judicial se utilizó en
Colombia como mecanismo para perseguir, la manera en que el Estado se inmiscuyó
en los asuntos privados de los dirigentes de oposición para oprimir y hostigar.
El fin del apartheid que se vive hoy en día,
convive con un sistema de exclusión que subrepticiamente aún persiste, quizás
no en las leyes, pero en el estamento social, expresado en sutiles formas de
privilegio que generan situaciones de desigualdad. Incluso hay ciudadanos que,
en el seno de su hogar, anhelan un pasado de lujos detrás de la segregación. Asimismo,
la discriminación se siente actualmente, de manera simultánea entre blancos y
negros.
En Colombia no es muy diferente, hay ciudadanos
que hablan en contra del gobierno que firmó los acuerdos, enmascarando su claro
disenso con el proceso de paz, anhelando épocas donde la aniquilación por la
vía militar era la solución que pedían las multitudes.
El fin de estas épocas de violencia y los
nuevos acuerdos sociales, han estado marcados en ambos países con una idealización
de las expectativas, lo cual ha generado desazón, frustración y falta de credibilidad en las
grandes rupturas y cambios que han dado para superar sus pasados. De manera
paralela, en ambos escenarios se han generado tanto movimientos retardatarios y
escepticismo social, como escenarios de colectivización con comunidades decididas
a continuar las transformaciones progresistas que iniciaron generaciones
pasadas.
En este marco aparecen los trabajos de dos
artistas con un amplio reconocimiento internacional, que a comienzo de este año estuvieron exponiendo individualmente en las salas del Museo Reina Sofía en
Madrid (España): el sudafricano William Kentridge, y la colombiana Beatriz
González.
En la pieza More
Sweetly Play the Dance, una monumental instalación multicanal de Kentridge,
expuesta en el Zeitz Museum en Ciudad del Cabo, se presenta ante los ojos del
público una gran marcha de personas, dibujos y objetos, que entre danzas africanas
tradicionales y con una música de celebración, apunta a los poderes políticos,
el sometimiento social y los desplazamientos forzados, dejando entrever la muerte,
epidemias y hambrunas; formando una danza de muerte de imágenes genéricas, que perfectamente podrían representar
la situación de las últimas décadas de varios países del continente africano.
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More Sweetly Play the Dance. William Kentridge. Zeitz MOCAA- Museum of Contemporary Art Africa. Ciudad del Cabo (Sudáfrica). Fotografía: Wianelle Briers. Cortesía: Zeitz MOCAA. |
Una danza parecida muestra González en Auras
Anónimas, intervención en espacio público en Bogotá, realizada en el año 2009, aquí
el carácter monumental lo da el espacio mismo. En cuatro columbarios del
antiguo Cementerio Central de Bogotá, yacen imágenes de personas cargando sacos
de plástico, nos recuerdan a las imágenes que, en repetidas ocasiones y de manera cotidiana, se observaban en periódicos y noticiarios en Colombia. Este
lugar parece contener la memoria reciente del país, está cargado con el aura de
la Violencia y la erradicación del otro, los estragos del narcotráfico y la
desaparición de la vía armada, está fuertemente cargado, incluso
energéticamente, pues en los años cuarenta sirvió de fosa común para los
muertos del 9 de abril de 1948.
Las sombras de los cuerpos sin rostro de Beatriz González, se relacionan con las siluetas de William Kentridge, ambos muestran cuerpos anónimos, solo queda el horror del gesto de cargar y del gesto de marchar.
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Auras Anónimas. Beatriz
González. Bogotá, Colombia. Fotógrafía: Laura Jiménez.
Cortesía: Archivo Beatriz
González.
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Las sombras de los cuerpos sin rostro de Beatriz González, se relacionan con las siluetas de William Kentridge, ambos muestran cuerpos anónimos, solo queda el horror del gesto de cargar y del gesto de marchar.
Recientemente William Kentridge estuvo exponiendo
una monumental obra de teatro en la Turbine Hall de la Tate Modern en Londres
llamada The head and the load, donde en el marco del centenario de la Primera Guerra
Mundial, recuerda a los miles de soldados africanos muertos en ejércitos
europeos.
Beatriz González, al otro lado del atlántico,
lida una batalla por no dejar destruir su obra. Si bien, Auras Anónimas ha sido reconocida por respetados curadores y
críticos de arte alrededor del mundo, nada de ello parece importarle a la actual
administración de Bogotá, quien pretende destruir la obra para realizar un
parque recreativo. Tan limitada es la comprensión de la historia, de la
latencia de la muerte y de la fragilidad de la memoria que, ante la primera
oportunidad, se derrumban las imágenes, se borran los monumentos y la urgencia
del corto plazo y la ansiedad por mostrar resultados hacen olvidar procesos
mucho más complejos y lentos que se han dado desde hace décadas.
Beatriz González, puso de manera simbólica la lápida
a la guerra, no nos habla desde la melancolía, sino nos trae al presente y nos
hace sobrevivientes de una cruel y orquestada época de tortura y desaparición, en
otras palabras, celebra nuestras vidas. Ojalá, también podamos celebrar la
permanencia de Auras Anónimas como testimonio vivo, como lugar para el duelo y
el proceso de sanación social que Colombia necesita.