Este texto recoge cuatro cartas o mensajes que surgen a raíz de la exposicón Veroír El fracaso iluminado de la artista Cecilia Vicuña en el Museo de Arte Miguel Urrutia del Banco de la República en Bogotá, curada por Miguel A. López.
Los textos surgen tras una serie de visitas a la exposición, en donde sin premeditarlo, entretejo experiencias personales y problemáticas sociales con las obras de Vicuña.
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18
de febrero 2022
Estimada
Cecilia,
Primero, quiero agradecerle por estar exhibiendo
su trabajo en Bogotá. No sé si maneja sus redes sociales o
no, si leerá este mensaje o no, pero le escribo porque me nacen las
palabras y quiero hacerlo.
Le escribo desde la cima de
Monserrate; hoy en la mañana, mientras subía, pensaba en aquella
imagen suya donde con un hilito rojo tejía los árboles, con las calles y
los afectos de esta ciudad; y sentía que con su actual
exposición, su presencia ha vuelto a habitar estas tierras; hoy imaginaba que a lo mejor, la encontraría entre estos caminos de
árboles tejiendo con pequeños
hilitos rojos, sentada en algún rinconcito entre un Borrachero y un par de Eucaliptos.
La
inauguración de anoche fue especial, no sólo se encontraba su
trabajo engalanado por los cielos y los cerros de Bogotá, sino por
una potente luna llena, que justo se asomaba por el Apu desde el cual
le escribo ahora. Para sorpresa mía, a la salida del museo había un hombre de
cabello largo tocando una quena y al parecer unas maracas ¡Era
música de los Andes! Era música conjurada por Cecilia y su
exposición, viento(Paracas)/música que ha anudado el águila, el
quetzal y el cóndor, y que ahora, potentemente suena en Bogotá y resuena
en nuestros corazones, al menos fuerte y cariñosamente en el
mío.
Muchas gracias Cecilia,
Mis mejores
deseos,
Snyder Moreno Martín
Pd. Espero
leer pronto su libro Cruz del Sur, lamentablemente es de difícil acceso y un
tanto costoso aquí.
Un
afectuoso saludo.
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26
02 2022
Estimada
Cecilia,
Lamento
mucho no haber recibido respuesta a mi mensaje, intuyo que no revisa
las comunicaciones en sus redes sociales, o quizás prefiere no
interactuar por ese medio, la entiendo. Aún así, quiero escribirle
nuevamente, haciendo honor a mi palabra de permitir que la palabra
surja cuenda ella lo desee. La ausencia de su respuesta, en vez de
desestimularme, hace que mi escritura no tenga que estar encajonada
en el tono de una correspondencia a alguien que no conozco -pues
quizás nunca lea estas palabras-, y a raíz de ello, me permitiré ciertas licencias y quizás el tono se vuelva más personal.
Cecilia,
le cuento que ayer visité por tercera vez su exposición, pero antes
de hablarle de esta experiencia, permítame hablarle de mi segunda
visita, pues fue una visita iluminadora, como todas hasta el momento.
Quise
ir exclusivamente a ver el video ¿Qué
es la poesía?,
y fue muy bonito ver que en uno de sus primeros fotogramas aparece el cerro de Monserrate, justo el lugar desde el cual le
escribía mi primera misiva, sentí que de alguna manera tejíamos
entre mi presencia y su ausencia, entre su presencia y mi movimiento
en la sala, entre las calles y los cerros. Deambulé un rato por la
exposición, volví a ver el video y se me vino a la mente aquel verso
hermosamente cantado por Mercedes Sosa: “Uno vuelve siempre a los
viejos sitios en que amó la vida” Y pensaba en la tristeza que habrían
sentido sus obras al dejar Bogotá hace algunos años, la extrañeza que
habrían experimentado al hallarse nuevamente en la ciudad, y la alegría de volver al lugar donde amaron la vida.
Ayer
fui de nuevo con una amiga a quien quiero mucho, estudió literatura, es educadora popular y ahora hace un doctorado en filosofía, sin embargo le aburren los museos de arte, para convencerla de que
se permitiera ir a su exposición le dije: “¡Vamos! Cecilia es una artista fabulosa, para mí es
como la Violeta Parra de las artes visuales”, así la convencí. Y
en esta tercera visita, en vez de caminar por su obra, su obra me
hizo caminar por mí, o quizás, ella caminó sobre mí. Pues era
imposible no reconocer mis propios ideales, obsesiones y pasiones en
ella; y caminaba por entre sus obras como si fuera llevado por aquel
hilito rojo del Niño del Plomo, y el tiempo ya no era más
unidireccional sino, múltiple y posible.
Regresé
hace unos pocos meses a Colombia luego de estudiar una maestría en
el Royal College of Arts gracias a un estímulo del Banco de la
República. Londres fue un tiempo retador en mi vida, pues además de
afrontar gran parte de la pandemia allí, estuve hospitalizado y
tuvieron que realizarme un procedimiento quirúrgico, lo afronté sin
mi familia de sangre cerca a mí, y ello fue importante y formador,
crecí y me fortalecí bastante.
También
fue un momento en el que varias ilusiones se desvanecieron, pues no
pude acceder a los talleres de mi universidad y tuve que salir de
Londres al inicio de la pandemia, pues no podía pagar el arriendo en
la ciudad, ya que me había quedado sin entradas económicas extra.
El Royal College, como institución, fue una experiencia elitista y
permeada por las políticas neoliberales y el academicismo; no
obstante, fue un momento fundamental para mí como artista, pues me
permití confrontar mi trabajo con otras narrativas; además resalto
el componente humano de la universidad, fue sobrecogedor, allí
conocí a mi mejor amigo, quien luego me llevaría ropa limpia y
comida al hospital.
Por
eso, el ver el registro del Festival de las Artes por la Democracia
en Chile que hicieron en 1974, justo en el mismo edificio donde yo tenía
mi taller antes de la pandemia, me hizo volver a deambular por los
pasillos de Kensington, y encontrarme con la fuerza contestaria de
sus obras haciendo rugir aquella escuela, y de esta manera, sentía que
mi imagen del RCA se sanaba, pues ahora, allí latía la esperanza y
el inconformismo ante el estatus quo; creo que aún hoy late, por más
que las recientes administraciones intenten acabar con la fuerza
creativa y revolucionaria de esta institución. A modo de anécdota,
le cuento que justo después de salir del hospital y justo antes del
inicio de la pandemia, mis tutores entraron en huelga, yo, en medio de
mi convalecencia, fui a acompañar las movilizaciones e incluso le
escribí una carta pública al Vice-Chancellor, que por supuesto no
respondió. Aún late.
En
medio de aquellas fechas convulsas, sabrá que hubo un gran estallido
de indignación social en Colombia, yo lo observaba desde la pantalla
de mi computador, sentía temor por lo que pudiera pasarle a mi
familia, sentía impotencia de no poder viajar y no tener recursos
para hacerlo y tenía esperanza profunda de que la sociedad
colombiana estuviera despertando; sólo contaba con manifestarme ante
la embajada, en redes, con mis compañerxs en la universidad y en mi
obra. Así, también me sentí tejido a usted, a la joven que con
nostalgía y rebeldía sentía a Chile desde los jardines del Hyde
Park.
Gracias,
Christian Snyder Moreno Martín
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26
de Mayo
Estimada
Cecilia,
Le
cuento que desde la última vez que le escribí he venido
aproximadamente otras dos veces a su exposición, en una de ellas su
trabajo me produjo tal deseo de crear que tuve que salir corriendo a
mi apartamento-taller y ponerme a trabajar; la segunda vez vine con
una amiga, y me sentí tan contento que empecé a hablarle sobre algunas
obras y de su contexto, le hablé de la anécdota del “secuestro de
Cortazar”, de la dictadura, las manifestaciones en Londres, el
estallido social etc; cuidando de no dar demasiados detalles para que
ella pudiera encontrarse por sí misma con sus obras.
Hoy
he venido nuevamente a ver su exposición, está vez con el objetivo
de darle un cierre a mis palabras.
Llegué
a primera hora, justo a la hora en que a las afueras del Museo hay
filas de estudiantes de colegio y turistas organizando su día. Le
confieso que me enojé un poco el ver que los televisores estaban
apagados, pero luego, al caminar por la sala sentí que el ambiente
era perfecto para ver Los
Precarios,
sentía que sin el sonido de los vídeos me era posible escuchar a
cada uno de ellos, formaban un coro sutil, casi imperceptible, me tenía que
acercar suavemente ante cada uno, y eso que eran aproximadamente
setenta de ellos, allí pude imaginar de dónde sacó cada una de
estas 'basuritas', como usted las llama, y escudriñar en porqué
decidió juntarlas y volverlas composiciones.
Permítame
decirle que me recordó al proyecto de grado con el que me gradué de
Artes en la Universidad Nacional en Bogotá, también hice pequeños ensamblajes
con “basuritas”, como ustes las llama, yo no hice tantas, pues mi
interés era otro, los objetitos los presenté con un librito donde escribí lo que aprendí al hacer cada uno de los ensamblajes, me interesaba lo que aprendemos cuando creamos y cómo el
mismo proceso de creación es un proceso de aprendizaje, lo llame:
Aprendizajes
en medio de un vuelo.
Volviendo
a sus Precarios,
me fijé específicamente en una composición de cuatro objetitos de
madera, tres estaban erguidos y uno estaba en el suelo, ví el
rastro sobre la arena que denotaba que antes estaba de pie, percibí
que se había caído y pensé en ¿Qué más precario
que rechazar el permanecer erguido, la verticalidad, rechazar el ímpetu a la
elevación? Aquí, para mí volvió a cobrar sentido el título de la
exposición ¡Un
fracaso iluminado!
Me gustó verlo reposar sobre la superficie de arena, creo que quería
y necesitaba un merecido descanso. Verlo reposando sobre la arena me
acordó de la obra de una tutora de la maestría, Lina Lapelyte,
quien junto a otras dos artistas crearon Sun
and Sea,
un performance donde cuerpos humanos descansan sobre una playa de
arena mientras entonan hermosos cantos que nos avisan de nuestro
apocalipsis medioambiental, me pregunté ¿Serán los mismos cantos
que entonan sus Precarios?
¿Acaso se imaginaba que hoy en día, unas décadas después,
seguiríamos entonando los mismos cantos?
Me
sorprendió mucho conocer las intervenciones que realizaba en la
playa de Concón en Chile, le digo que me sorprendió pues yo hacía
lo mismo jajaja, en otras circunstancias claro está, me escapaba de
casa en medio de las cuarentenas para refugiarme en la parte más
boscosa de los parques, allí recolectaba cositas y hacía mis
propios rituales a la Tierra, recuerdo muy especialmente algunos que
realicé el día de mi cumpleaños, con los que agradecía mi
existencia en medio de la pandemia.
Déjeme
decirle que venir hoy a su exposición fue un bálsamo para mí,
estamos atravesando un álgido e intenso momento político en
Colombia, usted se preguntará ¿Y acaso cuando no?, y estaría en lo
cierto. Su exposición me generó tranquilidad en estos momentos.
Recordaré
su hermosa canto -susurro a las niñas vietnamitas.
Gracias
Cecilia.
Pd.1
Cecilia, se lo repito, su trabajo anuda el viento de los Andes. ¿Qué
mejor manera de cerrar estas cartas que con una idea inicial?
Mañana
espero ir nuevamente a Monserrate y estaré pendiente si la llego a ver entre
Borracheros y Eucaliptos, estaré pendiente de minúsculas hebras
rojas que vuelen con el viento.

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15 de junio 2022
(A cuatro días de las elecciones presidenciales)
Estimada Cecilia,
Por allá, en 1973 usted pintaba un cuadro que se ha titulado Frente
cultural, en éste, usted soñaba que todos los trabajadores y
artistas estábamos unidos, conformábamos un sólo organismo vivo
que trabajaba en favor del desarrollo del espíritu, éramos un huevo
en eclosión, un huevo solar que habría de iluminar el mundo y dar a
luz a una nueva humanidad.
Pareciera que a usted, en ésa época, le fuera permitido soñar; he
de confesarle que dicho sentimiento se me hace un poco extraño, en
el sentido de que lo siento distante, pues a veces siento como si hoy
en día, a las personas de mi generación y a las de las próximas se
nos hubiera privado de dicho privilegio. Hoy por hoy, más que soñar
estamos en un constante resistir y presionar, resistimos que
regímenes sanguinarios sigan haciendo política desde la muerte y
evitamos que dichos proyectos tumben los derechos y garantías que
aún quedan; aveces siento que la energía de nuestra generación se
ha ido entre detener la guerra, salvaguardar la vida y encontrar
sustento económico en medio de la incertidumbre y la creciente
precarización laboral. Sé que es una visión parcializada e incompleta, pero es un sentir que de vez en cuando agita mis esperanzas, como un pequeño tornado que se diluye al poco tiempo, pero no por ello es menos destructor.
Hoy en día, en mi país se piensa que cualquier reforma progresista
es un acto "revolucionario", populista y por lo tanto,
peligroso. Así de acostumbrados hemos estado a la escasez. Y en este
contexto, me pregunto si aún así nos sería posible soñar. Sin
embargo, creo que en el fondo nuestra resistencia lleva un sueño: el
sueño de una sociedad en paz; verá usted que nuestro sueño no es
utopista o extravagante, es apenas lo básico para el desarrollo de
cualquier ser humano: la paz.
Al seguir recorriendo las salas de su exposición, encuentro nuevas
perspectivas o medicinas para esta dolencia que llevo yo; y conmigo,
la juventud de mi país; y con nosotros, el país entero. Sus
Palabrarmas nos recuerdan que la existencia es un acto de
resistencia (rexistir); que nuestras herramientas son la
solidaridad (sol y dad y dar), la participación (parti sí
pasión) y la emancipación (eman sí pasión); que
nuestras armas son las palabras, y que las palabras se labran como la
tierra y que la palabra en sí es una "pala con alas para abrir
la realidad", como diría usted. Y que la revolución, no es un
acto dañino como nos lo han hecho creer, es un retorno a la
evolución (r-evolución). Y sobre todo me recuerda que no
estamos solos, que este grito de justicia social, valores
democráticos y libertades para el puelo se escucha por todo el
continente, resuena en cada cueva, acantilado y cordillera, y es
llevado por los ríos y susurrado por los arroyos.
Cecilia, usted nos recuerda la importancia de la pasión, la
agremiación, el trabajo y la cultura. Y es aquí cuando de nuevo
recuerdo el título de su exposición y cobra sentido, al
iluminar las sombras y fracasos del discurso hegemónico de nuestra
nación.
No creo que sea fortuito que sus obras se encuentren expuestas en
pleno centro de Bogotá, a pocas cuadras de la representación del
poder político y judicial, en medio de un periodo de elecciones cuya polarización ha resquebrajado los vínculos entre los
habitantes. Creo que sus obras iluminan el sendero más loable que
podríamos recorrer como país y como sociedad.
Confío en que el susurro que me han recordado sus obras se escuche
en las urnas, y si no llega a ser así, tengo la certeza de que, junto con el
viento y los arroyos seguiremos insistiendo en él.
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19 06
2022
(Día de las elecciones)
Estimada
Cecilia,
Son
alrededor de las diez de la noche y me encuentro al frente del Museo
observando su Quipú menstrual, justo venía de la Plaza de Bolívar
donde miles de personas nos habíamos congregado para celebrar la
llegada a la presidencia de Gustavo Petro y Francia Márquez - y aún
seguían llegando multitudes-; nadie nos dijo que fuéramos allí,
pero esta Plaza tiene una suerte de poder magnético que atrae y
congrega las manifestaciones sociales de este país. Sabrá usted que
las personas de Bogotá no nos caracterizamos por la calidez o por
las habilidades en el baile, pero allí todos estábamos reunidos con
gran alegría, arengando y bailando al son de los tambores y las
batucadas; en el trayecto de mi casa a la plaza, el ambiente era
festivo, las personas habían sacado sus equipos de sonido a las
calles, los carros pitaban y la gente se abrazaba y saltaba de
felicidad, estas actitudes no son para nada características de la
gente de Bogotá, creo que el frío que nos llega de las montañas
tiende a enfriar nuestras costumbres y modos de ser, pero hoy era un
día diferente, en medio de la lluvia y el frío viento nos
convertíamos en un pueblo cálido.
Al ver
sus objetos rojos colgando desde aquella fría y lluviosa calle, pero
desde la que seguía escuchando la algarabía de la Plaza, pensaba en
las miles de personas que han sido asesinadas, en toda la sangre que
ha corrido durante décadas en este país, en los cuerpos que han
sido arrojados a los ríos y cómo sus muertes fueron la semilla para
que hoy un cambio político fuera posible. Al ver sus quipús,
colgando y sutilmente tocando el suelo y formando ondas en el suelo,
veía los ríos de sangre que han corrido por este país, y cómo
éstos han abonado los campos para que hoy podamos avizorar una
posible cosecha, campos que hemos de seguir (pa)labrando
mancomunadamente. Hoy veo en sus quipús sangre de muerte, sangre de
vida y sangre de regeneración.
Le
confieso que al ver su obra pensaba en aquellas arengas que entonaba
en mi época universitaria: “¡Van a volver, las balas que
disparaste van a volver, la sangre que derramaste la pagarás, los
hombres que asesinaste no morirían NO MORIRAN!” Quizás algunas
personas del campo del arte no conozcan esta faceta mía, pero cuando
estudiaba en la Universidad Nacional me involucré con el movimiento
estudiantil. Era el año 2011 y el gobierno proponía una reforma
educativa que pretendía privatizar y mercantilizar la educación
pública, como se imaginará a las artes y a las humanidades no les
hubiera ido nada bien en ese contexto; así nació en mí la voluntad
de vincularme con la causa y de hacer lo que pudiera hacer, sentía
una apremiante necesidad y responsabilidad por contribuir a las
transformaciones de mi país, exacerbada por el hecho de estudiar en
una universidad pública, situación que lamentablemente es un lujo
para la mayoría de jóvenes en Colombia.
Yo
ayudaba a organizar las discusiones en la Escuela de artes, aveces
pidiendo en préstamo el equipo de sonido, moviendo las sillas para
la asamblea, estableciendo el orden del día y/o moderando, también
participaba tanto de las discusiones locales como de las distritales
y algunas pocas veces de las nacionales. Si bien, me insistieron,
nunca quise postularme como “representante estudiantil”, pues
poco creo en la democracia representativa y creía que al liderar sin
tener un título, podría demostrar que es posible transformar sin
necesidad de la burocracia política. Toda esta experiencia me formó
políticamente, pero también me hizo ver cosas desagradables, por
ejemplo, como los partidos de izquierda habían cooptado el
movimiento estudiantil, repitiendo prácticas deplorables contra las
cuales luchábamos; también me dejó un recuerdo oscuro, fue cuando
una profesora me llamo de “terrorista” en medio de una reunión
entre estudiantes y profesores, se imaginará que no fue una
experiencia agradable en medio de un gobierno que perseguía
violentamente a cualquiera que se atreviera a disentir.
Ante el
trauma y el dolor, hoy sus quipús me hablan de resurrección, del
resurgir de aquellas memorias ancestrales que se creía silenciadas,
pero que cautelosamente se conservaban y esperaban con prudencia el
momento adecuado para que las recordáramos. En esta noche, sus
quipús también me hablan del largo, intenso y doloroso parir que ha
tenido Colombia en los últimos meses y años; pero también me
hablan del festejo y de la celebración de la vida ante las más
atroces ignominias y, sobre todo de conciencia e iluminación, de la
decisión de un pueblo de rechazar la hegemonía, a sus gobernantes y
el querer tomar un rumbo diferente.
Aún hoy,
once años después de mis andanzas en el movimiento estudiantil,
sigo siendo escéptico respecto a la real eficacia de la democracia
representativa, creo que ninguna transformación será posible si los
ciudadanos no ponemos de nuestra parte y realmente nos comprometemos
con el cambio, el cual no es solamente desde lo electoral, sino desde
lo más íntimo, desde nuestras fibras internas; creo que el cambio
real es la sanación, y hacía allí me he encaminado en los últimos
años. Pero ahora mismo no quiero pensar en ello; se impone en mí un
sentimiento de celebración, porqué sé que generaciones de personas
han trabajado para que el cambio de hoy fuera posible, usted misma
habrá conocido personas que ya germinaban este cambio cuando hace
algunas décadas vivía en Bogotá . He de confesarle que en estos
meses mientras visitaba su exposición, me llenaba de inspiración al
ver sus trabajos sobre Allende y la Unidad popular, y esto me motivó
a poner mis herramientas a disposición de la coyuntura, puse mi
escritura y mis dibujos al servicio de unas necesidades mayores y por
ello, hoy me permito dejarme contagiar de la alegría y la
festividad.
No puedo
describirle mi felicidad, pues es un sentimiento nuevo, habíamos
estado tan acostumbrados a las derrotas, que el sabor de la victoria
se me hace difícil de describir, por el momento, puedo decir que ha
generado una calidez que no había visto antes. Tantos fracasos han
hecho de esta primera victoria un momento realmente iluminado.
Gracias
por acompañarnos con su exposición en este momento,
Mis
mejores deseos,
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13
07 2022
Estimada
Cecilia,
Espero
esté muy bien,
Me
han comentado que ya partió de Bogotá, lamento que no nos hayamos
podido conocer, pues realmente me hubiera gustado intercambiar
palabras y que esta escritura hubiera podido encontrarla, en vez de
ser un canto al vacío del cual solo escucho el eco.
Tuve
la fortuna de presenciar la performance que realizó en la entrada
del Museo del Banco de la República; me hubiera gustado agradecerle
personalmente por darnos a cada uno de los asistentes un pedacito de
la lana que usted llevaba puesta, me pareció una imagen fuerte y
hermosa verla salir envuelta en este material y que luego lo
compartiera con nosotros, lo sentí como un acto antropofágico por
parte del público y de una entrega total, casi un acto de sacrificio
por parte suya; fue un gesto de hermosa generosidad, que intuyo,
tiene sus raíces décadas atrás cuando vivía en Bogotá.
Al
finalizar la acción intenté aproximarme a usted, pero habían
decenas de personas a su alrededor; no obstante, María, quien había
leído mis textos, me la presentó justo antes de que usted dejara el
Museo ¡Y la vi tan cansada! la vi tan exhausta que me hubiera
gustada haber utilizado la lana que nos había dado para tejerle una
manta que la acompañara en el trayecto hasta su hogar, pero no; en
cambio, se me fueron las palabras y sólo pude permitir que siguiera
su camino a su merecido encuentro con el sueño y el descanso.
Al
día siguiente, salí temprano de mi casa rumbo a Monserrate, hacía
mucho frío, entonces metí la mano en el bolsillo de la chaqueta y
sentí el montoncito de lana que nos había regalado, calentó mis
manos en medio de la helada mañana bogotana, me acompañó durante
el ascenso a la montaña y tuve la sensación como si este suave
toque fuera el encuentro con usted.
Los
días siguientes, mientras caminaba por La Candelaria, estuve muy
atento por si la veía entre las calles estrechas de casas pequeñas
y de colores fuertes, pero mis ojos no lograron verla. Me enteré de
que haría una serie de acciones en Colombia, pensé que correría
con al suerte de ser invitado a alguna de ellas, pero me fueron
esquivas.
Supe
que realizaría una última acción pública en el Teatro Colón,
llegué 10 minutos antes de la hora de la invitación, había una
fila a la entrada, los organizadores se comunicaban con las personas
al interior del teatro por medio de radios y decían nombres, dichas
personas salían de la fila y entraban al teatro, pero mi nombre no
fue llamado, minutos después nos dijeron que se había completado el
aforo y tuve que devolverme a casa. Caminaba triste y decepcionado
por las calles de la Candelaria y me sentí excluido, pensaba que
pude haber salido algunos minutos antes de mi casa, pero no me
imaginé que el teatro iba a llenarse tan rápido; de repente recordé
a aquella Cecilia de los setentas en Bogotá, quien no fue
ampliamente acogida por el campo artístico bogotano, y aún así,
siguió creando con amor y determinación, en cambio, fue abrazada
por teatreros y poetas, la comprendí y me acompañó en mi trayecto,
recordamos los movimientos cíclicos de la naturaleza y de la
existencia, y seguí mi rumbo a casa.
Le
agradezco por su viaje y lamento no haber podido conversar
personalmente con usted, pero queda en mí la alegría de haberla
podido encontrar por medio de las palabras, pues fueron ellas quienes
me permitieron conocerla un poco más y adentrarme cariñosamente en
su obra.
Mis
mejores deseos,