María del Carmen Abascal Martín, conocida como Maricarmen, a sus 87 años se convirtió en un símbolo de la resistencia ante la crisis inmobiliaria en España. Tras vivir 71 años en arriendo en un apartamento en Madrid, fue desalojada y trasladada en camilla a un hospital; a los pocos días, falleció.
Blanca Emeria Pardo Rosero, de 72 años, campesina del sur de Colombia, crió prácticamente sola a sus seis hijos, se dedicaba a la siembra de verduras y la producción artesanal de quesos. Desapareció y fue hallada con vida pero con signos de violencia física y sexual, inmediatamente fue trasladada a un hospital, al día siguiente falleció.Blanca y Maricarmen eran mujeres mayores de 60 años, vivían separadas por
kilómetros de distancia, en continentes distintos, en contextos muy
diferentes, uno rural y otro urbano; pero ambas, en sociedades que
descartan a sus habitantes después de cierta edad; sus historias nos
demuestran que no solo las descartan, sino las vuelven objetivos de
distintas formas de violencia, desprotección y abandono.
Como Blanca Pardo y Maricarmen hay cientos de mujeres mayores en un alto
grado de vulnerabilidad, algunas de ellas deambulan en las calles,
otras aguardan ayuda abandonadas en hospitales, otras viven con todo
tipo de discapacidades “resguardadas” por sus familias en casa,
etc.
La cultura del consumo y el desecho no se compagina con la del cuidado y la
reparación. Esta manera de actuar en el día a día, sin preocuparnos por el devenir de los objetos, se traspasa a las maneras de
relacionarnos con las personas; socialmente se desechan personas como
quien bota una envoltura de un paquete o desecha una botella
plástica. Más aún, esto se agrava cuando aquellas personas dejan
de ser “productivas” para una sociedad encaprichada con los
índices de rentabilidad y crecimiento económico.
¿Qué clase de final de la vida estamos concibiendo en esta sociedad?,
¿cómo quisiéramos ser tratados cuando tengamos más de 60 años?,
¿creeremos aún a esa edad que lo más importante es qué tan
“útiles” o “productivos” seamos?, ¿son la utilidad y la
producción los valores por los que ha de ser apreciada una vida
humana?
Hace poco tuve la gran oportunidad de asistir a un concierto de Meredith
Monk en Bogotá. A sus 83 años llenaba todo el escenario del Teatro
Jorge Eliécer Gaitán con su menudo cuerpo pero con su gran
presencia, era la presencia de quien tiene una gran experiencia; su
voz, lúcida, nos transportaba por todos los estados emocionales
posibles; la fragilidad de su pequeño y delgado cuerpo quedaba de
lado ante la luz y el sonido que su ser proyectaba.
Recuerdo especialmente cuando interpretó “Happy woman”, una canción
donde, acompañada por un violín, repetía frases cortas y sencillas
como “I am a happy woman”, “I am a hungry woman”, “I am a
honest woman”, I am a tender woman”, “I am a greedy woman”
Nos llevaba por un recorrido emocional y por todas las posibilidades
y estados del ser mujer, del ser una mujer mayor.
Su hermoso canto era acompañado por sutiles pero expresivos movimientos
que recordaban a sus grandes coreografías de la década de los
sesentas y setentas; de hecho, me atrevo a decir que esos leves pero
precisos gestos se convertían en una de las más magnificas
coreografías que ha creado en toda su carrera. Su sola presencia era
una afirmación de dignidad.
La canción de Meredith Monk comenzaba y terminaba con la frase “I am
a happy woman”.
Deseo una sociedad donde las mujeres mayores, donde todas las Maricarmenes
y Blancas, puedan decir con orgullo y dignidad: “I am a happy
woman”.

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